Siento bajo los pies una seda que envuelve la madera de una cubierta que me sostiene en medio del océano, mi cuerpo es la fuerza que va rompiendo el oleaje, en mi mente sólo está la grandeza del horizonte, los reflejos del Sol oscilan frente a mis ojos, su destello navega con todos mis sueños en el exilio que justo a la mitad del ocaso se asemeja a la vida.
Retirada al olvido, existo en el azul turquesa degradado, en el verde de la selva, en la línea que va dejando el vuelo de la gaviota, en el amarillo que parece que gira, en la invisibilidad de los sentimientos y, entre todo, las nubes juegan con los blancos. Cierro mis ojos para descubrir el color del viento que grita en mis oídos: ya no más, mientras, el fulgor y los recuerdos continúan quemando mi piel.
Sigo de pie ante la inmensidad, a la deriva de un mundo insensato donde todo ha quedado ya reducido a un negocio repulsivo, las guerras continúan demostrando sólo la fragilidad de la humanidad, las palabras se vacían de significado con cada mentira que enunciamos, ¿cómo entender que la felicidad no está en ningún escaparate, y que el amor de todos depende de uno mismo?
Caigo en un abismo cuando todo ello me lleva a imaginar que los sentimientos que escribo son vanos, me consume el desprecio por ese Amor Líquido, como lo llamó Bauman. Desciendo aún más rápido… Sin embargo, me aferro a la génesis para dejar de ser un fantasma y busco un remedio para calmar la ira y el sufrimiento, me respondo a mí misma lo que afirmo que nadie sabe. Misteriosamente un iris itinerante atraviesa con siete nuevas convicciones mi camino. Aprendo a volar.
La paradoja del transcurrir está en el horror y la belleza de la percepción. Dos segundos, mientras las tonalidades estaban presentes, miré el fondo del mar y una refracción reveló una imagen, no vi a nadie, hasta que el movimiento necesario de los peces agitó el agua lo suficiente para disolver ese reflejo, y volví a mirar, logré entonces reconocer mi rostro y el existir; saberse capaz de hacer, no sólo de pensar, ni de creer, sino lograr. Dejar atrás el sentimiento, ese cansancio del ser y transformarlo en la fortaleza de la humanidad es el verdadero Poder, alejado de la ambición individual, porque interrogar al mundo no es la respuesta para disfrutarlo más, es, por el contrario, un comienzo para conocer los pasos errados.
Era tarde. Un anaranjado sucedió para dividir el día de la noche, y entonces el firmamento se vistió de una oscuridad infinita. Bajo la luz del plenilunio, todo el paisaje se detuvo en una escala que partía del negro al blanco, como la fotografía que sostengo ahora en mis manos. Vuelvo a hacer míos los fragmentos de las circunstancias pasadas, como el broche de plata que recogía mi cabellera mojada y aquel libro en mano con el separador amate justo en esa página intitulada Ausencia. Mi memoria aún recita ese poema:
"Habré de levantar la vasta vida/que aún ahora es tu espejo:/cada mañana habré de reconstruirla.//Desde que te alejaste/cuántos lugares se han tornado vanos y sin sentido,/ iguales a luces en el día.//Tardes que fueron nicho de tu imagen/músicas en que siempre me aguardabas/palabras de aquel tiempo/yo tendré que quebrarlas con mis manos.//¿En qué hondonada esconderé mi alma/para que no vea tu ausencia/que como un sol terrible, sin ocaso/brilla definitiva y despiadada?/Tu ausencia me rodea/como la cuerda a la garganta/el mar al que se hunde".
Admiro cómo un instante permanece guardado entre la ausencia, la sensación y la luz del pasado que absorbió este papel al que acudo en cada desvelo… Al verlo, las sombras que dan vida a la figura disipan la duda de haber estado ahí, desaparecen los malos sueños donde nada ocurrió, oscurezco el descontento y aclaro la razón al percibir el mismo olor a humedad de aquel día, justo antes de que el brillo de nuestros ojos se encontrara en el puerto. Que suceda de nuevo.