El tiempo nos ha enseñado y cierta inercia de la vida nos ha educado, somos, podemos reconocernos, entendernos, inventarnos, interpretarnos, siempre con la posibilidad de rehacernos.
De voz de quien cree en el destino y en la suerte, hemos escuchado decir que todo está ya escrito, pero el nacimiento es sólo el comienzo de un papiro en blanco, listo para irse escribiendo conforme pasa el tiempo con la tinta de cada día. Caminar con los pies descalzos es un buen consejo para sentir el sinuoso camino de un viaje, así podremos enfrentar e incluso sortear -¿por qué no?- los obstáculos que sean necesarios para llegar al lugar preciso donde sentirnos plenos.
Identificamos la llegada de la primavera cuando los rayos del sol transforman el follaje de los árboles en un caleidoscopio de infinitas tonalidades verdes, pasa el tiempo y sabemos que un día la lluvia mojará nuestro rostro, perdemos la cuenta y las hojas caen para convertirse en cenizas, sentimos la llegada del invierno con la tibieza de la piel del otro, entonces la pregunta es ¿el tiempo es creación de la naturaleza o del ser humano?
La observación fue la clave para que, en el pasado, los filósofos de la naturaleza estuvieran convencidos de que el tiempo era absoluto, como se pensó durante siglos, también lo fue para los físicos que lo describieron como algo relativo e, incluso hoy, continúan desarrollando teorías para descifrarlo. Sin embargo hay quienes, como Neruda, componen una Oda al Tiempo, cuánta verdad hay en sus versos al explicarlo a través del amor, es más fácil entender que la victoria de un idilio es existir en un solo ser final bajo la tierra.