Hay pesadillas que se vuelven realidad, que te asfixian, que te nublan la mirada, que empañan el cristal, que te hacen cerrar el puño tan fuerte hasta escurrir sangre. Intentas descansar los ojos, la mente y quizá al abrirlos vuelvas a ver la luz, pero sólo eso, todo ya es distorsión.
¿Cómo desconfiar del ser que habla con palabras iguales a las tuyas?, ¿Cómo dudar si en esa persona no se asoma ni siquiera un dejo de maldad?, si en su semblante ves una sonrisa franca. Pero al despertar, se hace un nudo en la garganta, el lenguaje propio se vuelve inútil y se esconde avergonzado por el otro.
Recostada sobre la cama tomó conciencia de la vida, como lo dijo Pessoa, esto es un valle lleno de lágrimas, algo verdaderamente triste con pequeños intervalos de felicidad, después de ello, ya no supones a la muerte como un sin sentido. Sucede entonces un rencor sordo al saber que la felicidad es simplemente ficción, un sueño social. No hay entendimiento, porque éste depende del sentido profundo del lenguaje, de la veracidad que se pronuncia, sin ello, las palabras son errores, expresiones fútiles, asesinatos pronunciados.
El placer más noble de la existencia me ha costado la desilusión de creer que mis principios, toda esa carga moral que inconsciente me hace distinguir entre el bien y el mal, el Universo y sus constantes, pueden ser comprendidos por el mundo exterior; sin embargo, me doy cuenta que aquellos intervalos de felicidad suceden en el devaneo de mi soledad, encerrada en mí misma, dialogando sólo con mi propia alma, creyendo que en la cúspide del entendimiento se pueden mover voluntades ajenas. Una paradoja existencial.
El mundo está más vacío que el vacío, me pesa la insatisfacción que escribo porque la existencia y las emociones se vuelven absurdas, nada dice ya nada, los rostros son sólo rostros, la vida se vuelve un caos, una realidad inexpresiva. ¿Quién es capaz de entender?
La frivolidad y la constancias corroen mi cuerpo, me queda el sueño para crear paisajes que me susurran al oído satisfacciones absolutas; sin embargo, no dejo de ser una criatura que vive en la realidad y eso me hunde en el abismo del tedio, de la podredumbre, porque el mundo es un fantasma de mentiras que deambula bajo el día y la noche, y ello me provoca unas ganas irremediables de arrancarme los ojos y ocultar el dolor. Me preocupa el destino de llamada Humanidad, ¿hasta qué punto nos hemos acostumbrado a sentir lo falso como verdadero?