En un destino de playa, la humedad la vuelve piedra, pero aún así está buena. Todos bebían, pero los de siempre estaban apostados muy cerca de la mesa, esperando la llegada del 'anfitrión', al fin, cuando apareció, más de cinco sintieron un alivio profundo hasta los huesos.
Un tipo bastante inteligente, recuerdo, una sola vez, haber platicado con él sobre economía, la mierda que es el sistema capitalista y lo curioso de ser el país vecino del mayor consumidor de drogas del mundo, Estados Unidos. No era ningún ingenuo. Nunca pensé que intercambiaría con él algo más que billetes y papel.
-¡Que despache!- gritó un desesperado, el pensamiento de muchos se escuchó en voz alta, las carcajadas amenizaron la fiesta. Casi me enterraba las uñas en las palmas de mis manos, la quería ¡ya! Quienes jugaban cartas, lanzaron al centro de la mesa un seis de espadas. Sacó las bolsas y comenzó a formar las líneas. Ahí estaban, listas para el jalón. Sabía que la conseguiría, un poco más y no habría podido contener mí ansia, había el suficiente alcohol como para salir de ahí a las 7:00 de la mañana. Todo perfecto. Esta vez corrieron por cuenta de un tipo con el que sabía que terminaría en la cama. Qué más da. Cualquier cosa que me libere de este mundo vale la pena.
"El Jimmy" se rascaba como loco los codos, me descuidé sólo un segundo y ya tenía entre sus manos las llaves, en ese mismo instante yo saqué una tarjeta, mientras, los demás afilaban las narices. La promiscuidad y la degeneración le daban un brillo espectacular a ese blanco casi plata que comencé a inhalar. Con cada partícula que se internaba en mi cuerpo se diluía la carga de estar viva. Ni siquiera sabía adónde se dirigía, si a mi cabeza o a mi sangre, a mi alma ya no, ya estaba bastante destruida.
¿En qué momento me convertí en este monstruo? Entré en un estado de bipolaridad, al mismo tiempo en que me desprendía de la "realidad", nuevos tormentos jodían mi existencia. Tengo un dolor acumulado por querer toda la vida ser quien no he logrado, por ser yo misma quien ha pisoteado mis sueños, por ver los esfuerzos caerse a pedazos. Todos a mí alrededor están bien puestos, o al menos en esta, mi verdadera realidad, así lo percibo.
Alguien me sopla al oído, volteo, no hay nadie. Sólo ruido y la mirada de él, que ya quiere ir arriba. Ya no puedo actuar de manera racional, el instinto y todas esas luces me alteran, pero al final son mi única guía, lo último que me queda. Mi cuerpo se aligera como una pluma, quedo tendida en un sofá y las caricias llegan a mis hombros. Cierro mis ojos para encontrar el vacío y la oscuridad, se sienten como un oasis en el desierto, imagino que es mi madre, o mi padre, o mi hermano o aquel primer amor que me engañó, es paradójico esperar una caricia de las personas que te han generado un odio terrible por la vida. Mi cuerpo ha comenzado a consumir la sustancia. De golpe algo escapa de mi inconsciente y me pregunto si no es la sustancia la que me está terminando por consumir a mí. Aquella fiesta se vuelve el escenario que yo misma he creado y la historia transcurre una, y otra, y otra vez, hasta culminar en la fatalidad.
Me tropiezo por las escaleras, él me toma por la cintura y más abajo, cada cinco minutos subimos un escalón, me repliega contra la pared para besarme, es una noche más, entrar a la habitación es como introducirse en un túnel del que no sabes si saldrás, el consumo tiene un precio y tengo pagar. Cierro la puerta.