Sin rumbo, ni olores, mas que el viento seco que se estrella en el rostro. Caminaba mirando el pavimento. La ciudad. Ruido, hedor, movimiento. En la mente sólo pensamientos crudos, daban ganas de arrojarlos desde lo alto de un puente, y quedarse ahí, de pie, para contemplar desde lo alto los restos hechos trizas.
El sonido de la velocidad de los autos es un goce, es el hartazgo del caos, la adrenalina transita por el cuerpo al pender sobre una vía rápida. En ese momento la vida se convierte en una melodía melancólica que discurre al borde del precipicio. La nota final, una decisión fatal.
Un par de niñas juegan a saltar la cuerda sobre el camellón que divide los sentidos. Rostros que un día se perturbarán. Sus dientes definen el contorno de las risas que se filtran con la inocencia. La amargura se columpia, el polvo se levanta, los pies arrastran. Siempre hay alguien detrás.
La inmundicia se acentúa con la noche, un gato negro vaga entre las sombras de la calle buscando alimento entre las latas de basura, ensuciando su pelaje con la porquería humana. Brilla. La niña aprieta más fuerte las cadenas, tiene miedo. Un maullido áspero y violento rasga el ruido de los claxons, las miradas se enredan en los neumáticos de los autos que pulverizan todo a su paso.
Alcanzo a mirar sus pupilas, en menos de un segundo intercambiamos miradas, son sólo niñas, una rendija por donde se fuga la vida. Sin embargo, la realidad confluye entre ellas y el dolor de dos animales que copulan, ambas desaparecen con presteza bajo el concreto de este puente. Hay intensidad en la cotidianidad.
Voltear a otro lugar no sirve de nada. Homicidios que suceden en la habitación de un hotel con las cortinas cerradas, la zozobra del que duerme a lado y una crisis que extermina. Las víctimas se enumeran como en la pared de una cárcel, donde la vileza gime con depravación.
Recuerdo crepúsculos donde el cuerpo se vuelve un escondite ensimismado que recurre a la asfixia para liberar el alma y conseguir un poco de placer. Pero incluso el Imperio de los Sentidos que he fincado en la cama ya no es suficiente.
¿Cómo guardar tantos crímenes en un cajón y sepultar la efervescencia horrorosa de la ebriedad de este mundo? En la cima, la ciudad se cubre de azoteas, de tendidos de ropa y jaulas que ni siquiera los edificios más elegantes pueden esconder, un quinto patio cualquiera. El efecto narcotizante de espectaculares con imágenes terroristas, asesinos en busca de más poder, consume como una plaga todo lo podrido sin dejar nada, porque nada queda. Eso es.
Aquí, me situó en el sentido de lo irreparable, me perderé en los tormentos que trastocan mí existencia como un impulso eléctrico que recorre cada tejido del sistema nervioso. No hace falta asomarse más. Un gatillo, una bala, una muerte más.
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