Recuerdo el pasado como si fuera terciopelo, pero vivo el presente con la piel.
Adriana Olvera
Mi trago de whisky está en el mismo lugar de cada noche. Uno más. La vida es un método. No tengo otra cosa en la mente más que pensar en el transcurso de aquel día. La jaqueca me vence por momentos, pero no puedo permitirme ir a la cama sin antes escuchar aquella melodía; si la perfección existiera, se reflejaría en esta pieza. La vida es un método, repite mi pensamiento pero está vez en voz alta.
Eran casi las seis treinta de la mañana, aún sin pronunciar una palabra, las ideas rondaban en mi cabeza, nada claro, estaba justo en entre la oscuridad y la luz, intentando despertar, trazando líneas rectas de posibilidades, de cosas que podrían ser y no. Nada era suficiente. Conseguí sólo puntos en el infinito. ¿Qué se hace cuando el alma se queda sin apetito y ya nada satisface? La vida humana, la vida reflexiva, la que te permite verlo todo y después de ello no querer ya nada. La que seduce con tibieza, pero con cálculo. La que se puede disfrutar pero con los ojos bien cerrados.
Coloco el whisky en la mesa de mármol con más fuerza que de costumbre, es apenas el segundo trago. El arrebato estropeó a Chopin. Necesito descansar un poco mi cabeza en el sofá, busco el arrullo de la música, pero cada segundo es un obstáculo que lo impide. El ejercicio de la razón me conduce a una cámara de tortura. Pretendo arrancarme ese sentimiento abismal con otro sorbo, pero es demasiado tarde. Entro en esa cueva estrecha, lo más cercano a una corriente de aire es el sonido de mi respiración entrecortada. Camino con el tacto, la ansiedad distorsiona cada intento.
La tesitura de mis manos marca los pasos. Sigo de pie. En la cima de la oscuridad, donde el negro vuelve todo imposible, decenas de estalactitas penden sobre mi cabeza, el agua se filtra, una gota de cristal cae. Entierro mi pulgar en la sien.
Mis pupilas están dilatadas, como quien mira de frente a la vida. Justo a los ojos. Si la invisibilidad tuviera textura habría escapado de ahí. Me convenzo de mí con el tormento de la conciencia, con la sal en el rostro. Fantasmas de una imaginación enferma. La intuición no es nada en la penumbra. Mis rodillas tiemblan. Suplico una caricia de luz. Los espasmos del alma me pulverizan, me vuelven añicos.
Escurre sangre de mi mano, la vitalidad se entremezcla con el ámbar del alcohol, el mármol se ha teñido de rojo. Las astillas de vidrio se diluyen con las vetas grises y la indiferencia con lo trascendental. Soy culpable de tener este instinto que desnuda las ideas, que transgrede la razón.
Deseo lo que sólo se puede imaginar, olvido sólo con el sueño, y vivo a través de la ventana donde la vida pasa. La misma calle forrada con miles de piedras, el barro entre ellas, la esquina alumbrada por la luz amarilla del faro y un claro de Luna casi transparente escondido detrás de los árboles, ¿qué es lo que está allá afuera? Sólo un cristal nos separa. La lluvia barniza esa ilusión, sin embargo, se olvida de este callejón estéril, donde los violines y el piano incitan a la lucidez absoluta. Escucho la última nota, el cielo golpea mi rostro, mis ojos están mojados y tristes, la humedad se regocija en el viento y desciende violenta sobre este cadáver.